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A propósito de los campamentos solo para niñas…

A propósito de los campamentos solo para niñas…

Escrito por Rossina Matos

Desde hace unas semanas vengo recibiendo publicidad sobre campamentos de verano solo para niñas y siento la necesidad de llamar a reflexión, no solo a los directivos de centros educativos de nuestro país, sino también a los miembros de mi generación y de aquellas anteriores a la mía, puesto que la generación que nos sigue viene equipada de una forma muy distinta a las nuestras.

Si lo que queremos es ayudar a nuestras niñas a crecer para llegar a ser mujeres seguras de sí mismas, lo primero que nos corresponde a los que las “educamos” (OJO: mamá, papá, abuelo, abuela— no solo se educa en la escuela), es sacarnos ese cassette que asocia a las niñas con la cocina, la costura, el ballet, el arte y el rosado.

De niña fui víctima del sistema y, en el año 1998, tomé unas clases de bordado mientras mis compañeros de sexo masculino tomaban clases de carpintería. Debo confesar que dicha clase no me empoderó, mucho menos me preparó para la vida (como bien era la intención), al contrario: me enseñó a hacer lo que las sociedades, por siglos, llaman “oficios de mujeres,” entendiendo que, para desempeñar correctamente mi papel de mujer, era de suma importancia perfeccionar el punto de cruz. Debo también confesar que aprendí que el punto de cruz es una ciencia, y que el bordado, para “quedar bien,” debe quedar igual por delante y por detrás y que, al igual que las clases de cocina que figuraban en el currículo unos años más tarde, se me daba fatal. Aún viendo que tenía otras aptitudes, nadie nunca me preguntó si quería continuar en esa materia extracurricular. De haber tenido la opción, hubiese preferido mil veces la carpintería.

Mis gustos estaban lejos de prepararme para adquirir esas “habilidades claves” que necesita una mujer para casarse y ser madre. Disfrutaba practicar todos los deportes (especialmente el baloncesto), prefería el color azul, y la gran mayoría de mis amigos eran de sexo masculino, lo que pronto hizo me tildaran de “marimacho.” Todavía hoy, en el 2018, las niñas que no son girly, o sea, que se ensucian, que sudan, que practican deportes, son conocidas, incluso dentro de sus familias, como “marimachos.” Todavía hoy, casi 20 años después del cambio de siglo, anunciamos el sexo de un bebé con globos azules y rosados, e imponemos dichos colores en nuestros hijos desde que nacen, como por default. Todavía hoy, más de medio siglo después del asesinato de las mujeres más valientes que ha dado nuestra tierra, hablamos de la chulería de ser princesa, sin explicarles a nuestras niñas que ser princesa es un trabajo que conlleva responsabilidades y la búsqueda del bien común, como leí hace días en una red social con motivo de la boda real. Todavía hoy, casi 80 años después de que Yolanda Vallejo se convirtiera en la primera mujer dominicana piloto, las actividades y profesiones se definen por sexo, y nos parece normal cuando escuchamos que hay “actividades de niñas” y “actividades de niños,” o cuando escuchamos a padres y abuelitos decir “no juegues con ese camión; eso es de varones.” Todavía hoy, a casi 100 años de que Abigaíl Mejía fundara los movimientos Nosotras y Acción Feminista en nuestro país, jugar con juegos de cocina, vestir flores y pintar con el color rosado son actividades consideradas puramente de niñas.

Evidentemente, tenemos un concepto erróneo de lo que significa empoderar. Buscamos empoderar a nuestras mujeres, pero de niñas solo les presentamos las opciones que la sociedad considera aptas para su sexo, impidiendo que conozcan todas las posibilidades que trae el mundo. Esperamos una mujer distinta, pero continuamos enseñando lo mismo. Esperamos una mujer que se atreva a romper el molde, pero nos ofuscamos cuando prefiere jugar con carros, dinosaurios o dragones. Esperamos una mujer capaz de volar alto, pero, a veces, sin notarlo, como por costumbre, somos los primeros que ponemos límites a su crecimiento.

Es hora de preguntarnos si verdaderamente, como sociedad, queremos esa mujer diferente. ¿Será que nos mentimos a nosotros mismos? ¿Que, para estar a la moda, en un way feminista, apoyamos las iniciativas, en buen dominicano, “de la boca para afuera,” pero al momento de tomar medidas para cambiar nos quedamos de brazos cruzados?

Preguntemos a nuestras niñas lo que les gusta; sus gustos no tienen por qué ser iguales a los nuestros. No asumamos ni impongamos; dejemos en sus manos la elección de hacer lo que disfrutan. Permitamos que sean felices. Dejemos que sean niñas. Promovamos una sociedad que desafía la norma, que combate la injusticia, que rompe paradigmas, que no tiene temor de ser diferente… una sociedad que permite ser.

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Sobre Nancy Alvarez

Es doctora en psicología clínica con maestría y post grados en terapia familiar, de pareja y sexual, también tiene... Leer más.

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